Día 2. Nairobi-Arusha, 22 de diciembre

Aterrizamos en Nairobi sobre las cinco de la tarde, con dos horas de retraso, así que no queda más remedio que pasar la noche en la capital de Kenia y coger el autobús a Arusha, nuestro primer destino en Tanzania, a la mañana siguiente. Pero antes de salir del aeropuerto tendremos que rellenar las tarjetas de control de inmigración, esas cuartillas de cartulina amarilla que tantas otras veces tuvimos que entregar en las entradas y salidas a Kenia, Tanzania y Zanzíbar. El control de viajeros está organizado por mostradores a los que tienes que acudir según tu procedencia y frente a los que se forman lentas colas. Llama mi atención la división administrativa de África, los ciudadanos de África Oriental deben pasar por un mostrador mientras que el resto de africanos tienen que pasar por otro; empezaba a darme cuenta de que mis conocimientos sobre el continente al que acababa de llegar eran más escasos de lo que pensaba. El mostrador que nos correspondía a nosotros estaba claro, el de la cola de los blancos, la de los mzungu*. Esperamos nuestro turno y pasamos de dos en dos para ayudarnos con el inglés, sonrisa a la webcam, pagamos 25$ cada uno para el visado de tránsito y, ¡entramos en Kenia! Primera parada: recoger nuestras mochilas en las cintas transportadoras.

Nuestros macutos no se hacen esperar y nada más tenerlos en nuestras manos nos despojamos de los abrigos y jerseys que ya nos sobran. Pasamos unas puertas correderas y antes de salir del aeropuerto cambiamos dinero y nos informamos de dónde podemos dormir barato y cerca de la estación para coger el primer autobús que salga a la mañana siguiente. Pero no, no pasaremos la noche en Nairobi ni conoceremos ni veremos el interior de la capital keniata, cuando montamos en el taxi y le explicamos al conductor nuestro plan propone llevarnos hasta Arusha y, por supuesto, ¡aceptamos! En unas cinco horas llegaremos a nuestro destino y ganaremos un día a nuestro viaje.

Inmediaciones de Nairobi, Kenia

Inmediaciones de Nairobi, Kenia. Carril paralelo a la carretera para peatones. M. San Felipe

Nada más montarnos en el coche mi nariz vuelve a pegarse a la ventanilla, ¡no quiero perderme ni un detalle! Durante un largo rato no sabemos si hemos salido de la ciudad o si ésta se prolonga en casas bajas y chabolas que crecen a ambos lados de la carretera y en medio de una gran llanura. Lo que sí que sabemos es que no nos vamos a quedar con ganas de bebernos una Coca-Cola o una Pepsi, ¡las anuncian por todos lados! La carretera que une Nairobi con Arusha nos sorprende, es ancha y está bien asfaltada. Durante decenas de kilómetros, en las inmediaciones de la capital, una especie de carril-bici corre paralelo a la carretera, por él se desplazan a pie y en bici multitud de personas.

Cabras pastando en los arcenes de la carretera de Nairobi a Arusha. M. San Felipe

Cabras pastando en los arcenes de la carretera de Nairobi a Arusha. M. San Felipe

Las cabras pastan en los arcenes de una carretera de dos carriles delimitados que se divide en cuatro imaginarios cuando los conductores de los carriles contrarios deciden adelantar al mismo tiempo. Ahora mis ojos se debaten entre dejar que mi nariz siga pegada al cristal de la ventanilla o no retirar la visión de la luna delantera, como si eso supusiera un plus de seguridad en nuestro trayecto. Por la carretera también transitan carros tirados por burros, bicicletas y personas caminan ahora por los arcenes donde ya no hay ese carril paralelo hecho para ellos. Las edificaciones bajas acaban dejando paso a una extensa llanura salpicada de árboles que parecen espinosos y gigantes termiteros que esperan al atardecer bajo un plomizo cielo que trae tormenta. Quizá influenciada por lo leído y oído pero, el cielo que nos cubría me parecía más inmenso de lo habitual, como si sus nubes no cupiesen en el cielo bajo el que suelo estar. La tormenta nos engullía y cuanto más oscuro se tornaba el cielo más verde se coloreaba el campo. La lluvia empezó a caer y los rayos de sol dibujaron un arco iris tan grande como nunca había visto; ¡era perfecto!, empezaba y terminaba en tierra firme mostrando sus siete colores. Era grande y tímido, no dejó fotografiarse entero, no cabía en el plano.

Tormenta y arco iris. M San Felipe

Tormenta y arco iris. M San Felipe

Dicen que pinchar en África viajando en coche es algo habitual, una de esas cosas que tienen que pasar. ¡Y nos pasó!, tuvimos nuestro pinchazo Ya era casi de noche cuando el taxista paró en medio de la nada, en medio de la recta, casi antes de darnos cuenta de que el coche había empezado a hacer un ruido extraño y a traquetear. El conductor se bajó y nosotros detrás de él. Se arremangaba la camisa y se echaba la corbata sobre el hombro mientras odeaba el coche buscando la rueda pinchada: la izquierda de atrás. Una vez localizada tuvimos que sacar las mochilas del maletero para poder coger la de recambio, los macutos parecían haberse multiplicado al bajar del avión, además de las dos mochilas de cada uno ahora aparecían bolsas de plástico por cualquier lado. Se hizo totalmente de noche durante el cambio de rueda, pero en la penumbra podíamos distinguir siluetas que por la amplia cuneta iban y venían a saber dónde.

Conductor arreglando el ppinchazo. M. San Felipe

Conductor arreglando el pinchazo. M. San Felipe

Tras varios altos en el camino por controles de la policía y después de varios adelantamientos peligrosos, a pesar del escaso tráfico, la carretera se convirtió en camino y los faros del coche dejaron entrever un pueblo con casas que, en su minoría, se alumbraban con débiles bombillas, habíamos llegado a la frontera de Namanga. Primera parada: registro y sello para salir de Kenia en su caseta de control fronterizo; montamos en el coche para recorrer los trescientos metros de distancia que debe haber entre ésta y la caseta fronteriza tanzana. Segunda parada: registro y sello de entrada, ¡ya estamos en Tanzania! En realidad no fue tan rápido, la burocracia suele ser lenta. No sabíamos que aquí teníamos que cambiarnos de taxi. Con cuidado de no olvidarnos nada trasladamos las mochilas y las miles de bolsas que surgieron horas antes de la nada a la furgoneta que, ahora sí, nos llevaría hasta Arusha. ¡No metimos todo! A la hora de cenar nos dimos cuenta que nos faltaban los bocadillos de lomo con pimientos; ahora suena a risa, allí no nos hizo tanta gracia. Tampoco fueron muy agradables mis primeros minutos en tierras tanzanas en los que aprovechando la parada fui al baño, una letrina situada en una pequeña caseta en donde el precio por usarlo se indicaba en shillings tanzanos y keniatas. Al salir creí pagar mi deuda pero un malentendido con las monedas y su cambio, sumado a mi limitado inglés y al echarle morro para confundir al mzungu  para sacar algo más de dinero como método de supervivencia crearon una situación incómoda que empezó con un chaval reclamándome lo que supuestamente le debía y terminó con un montón de locales discutiendo con él y metiéndome en el coche para defenderme. En mis primeros minutos en Tanzania me sentí mal, como si hubiera engañado sin ser consciente de haberlo hecho cuando yo lo único que quería era ir al baño y pagar lo que se me pedía. Un sentimiento de desazón se apoderó de mí y tardó un largo rato en desaparecer.

Una hora y media después y tras pasar otros tantos controles de policía llegamos a Arusha. Supimos que estábamos cerca cuando los coches empezaron a surgir como de la nada, pequeños puntos de luz empezaron a asomar a ambos lados de la carretera y el ambiente pronto se vio impregnado de un olor a combustible que no era capaz de distinguir, era queroseno. Nos intentaron llevar a varios hoteles que no nos gustaron y terminamos en el Hotel Flamingo, un hotelito acogedor y limpio, con baño en la habitación y mosquitera en la cama. Dejamos las mochilas, cogimos los bocatas de chorizo y fuimos a reconocer el lugar mientras cenábamos. Dos vueltas a la manzana, ducha y a la cama. No sin antes empezar el libro que llevaba para acompañarme en mi viaje, El sueño de África, de Javier Reverte, recomendado por El Tío Matt, El Viajero, como no podía ser de otra manera.

Leyendo El sueño de África, de Javier Reverte. El Tío Matt

Leyendo El sueño de África, de Javier Reverte. El Tío Matt

* Mzungu es la palabra swahili que se refiere a los europeos, al hombre blanco, pero como indica Javier Reverte en su libro El sueño de África el significado de esta palabra va más allá, se refiere a “el forastero que llega a un lugar para no quedarse en forma definitiva. Los nativos comenzaron a emplearlo [el término] para nombrar al explorador David Livingstone”.

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