Día 9. Shira Camp (3,837 m.)-Barranco Camp (3,976 m.). 29 de diciembre

Despierta el día en que nos mojaremos como nunca, pero eso aún no lo sabemos. Al levantarnos tampoco sabemos que hoy decidiremos ascender el pico más alto de África en 5 días, poniendo a prueba nuestra resistencia física porque la prueba mental ya la hemos pasado, nuestra paciencia acaba el día rozando su límite.

Hoy es una jornada de aclimatación, terminaremos la etapa en Barranco Camp, a una altura similar a la que hemos dormido esta noche, pero antes alcanzaremos los más de 4,600 m. del Lava Tower Camp para que nuestros pulmones y nuestro cuerpo se vayan acostumbrando a la escasez de oxígeno de la altura.

Al poco de iniciar la marcha, el plástico de nuestras capas de agua parece no poder escurrir más gotas de lluvia. En los barrancos que encontramos a nuestro paso, el agua brota como chorros de fuente en donde los porteadores aprovechan para llenar los termos para cocinar las sopas, tes y cafés que tomaremos cuando lleguemos al campamento. A medida que vamos ascendiendo, todo atisbo vegetal desaparece y el paisaje se convierte únicamente en roca oscura haciendo aún más gris este día de lluvia inacabable. Es una de estas rocas volcánicas la que nos da cobijo para tomar el almuerzo cuando alcanzamos la máxima altitud de la ruta. Aquí no llueve, nieva; vemos caer los copos mientras comemos un huevo cocido y una especie de bollo de pan.

Comiendo en Lava Tower Camp

Comiendo en Lava Tower Camp. M. San Felipe

Tras la comida empezamos el descenso en una pendiente pantanosa en donde el agua acumulada baja en pequeñas corrientes. Imposible no mojarse los pies, las botas ya no pueden salvar los charcos, y las pequeñas plantas que empiezan a salir hacen las veces de molestos obstáculos. La cuesta abajo es larga, y tras la cortina de lluvia se vislumbra otro de esos paisajes que tantas veces hemos visto en fotos y documentales como ejemplo de alta montaña tropical. De nuevo, no podemos disfrutarlos como nos gustaría. Estos aguaceros tropicales, más que molestos, también forman parte del juego, aunque nuestro guía Mathiko nos informa que nos son habituales en esta época del año.

El descenso se hace largo, a pesar del frío y del esfuerzo el mayor cansancio está en la cabeza. Hoy sé que nuestros mattress (esterillas) no estarán secas cuando lleguemos pero mi esperanza se centra en pensar en tener la tienda montada cuando lleguemos al campamento para poder ponerme ropa seca y confiar en que nuestros sacos hoy sí hayan llegado.

Llegamos a Barranco Camp bajo la persistente lluvia. Nuestras tiendas no están montadas y, sin saber a qué se debe este privilegio, nos dejan pasar a la garita del ranger (guarda) en donde nos encontramos con nuestros compañeros rusos. Empapados y con mucho frío esperamos a que monten nuestras tiendas sentados en unas literas sin colchones, aunque esto no es lo que esperábamos al llegar final de la ruta se agradece estar bajo techo y calentarse las manos de vez en cuando en la estufa de leña que reina una especie de habitáculo cocina.

Risas en la tienda, tras un duro día

Risas en la tienda, tras un duro día. B. Frías

Montadas las tiendas nos dirigimos a nuestra zona de acampada. Consultamos a Mathiko la posibilidad de hacer el ascenso y descenso en 5 días,  en vez de en los 6 planeado, afirma que se puede. Nos confiesa que le preocupa mi estado físico, si lo aguantaré, es duro, nos asegura. Creo que el agotamiento mental de la lluvia de hoy me ha dado las fuerzas suficientes para hacerlo, ¡podré con ello!

Hoy terminamos el día durmiendo en nuestros sacos, aunque con las mattress (esterillas) humedecidas, los camping gas aún no hacen milagros.

Día 8. Machame Camp (2,829 m.)-Shira Camp (3,837 m.). 28 de diciembre

Nos despertamos bajo la humedad del bosque tropical y la lluvia del día anterior; la ropa colgada en el interior de la tienda no se ha secado. El equipo de porteadores nos da los buenos días con un balde de agua caliente que nos dejan en la puerta de la tienda de campaña, cuánto se agradece lavarnos la cara y las manos. A pesar de haber dormido bien noto los ojos pesados.

Abrir la tienda es toda una sorpresa, distinguimos con luz lo que anoche vislumbrábamos entre sombras. El lugar en donde hemos dormido es increíble, a los rayos de sol les cuesta atravesar las copas de los árboles tropicales bajo los que nos encontramos cuyas raíces se levantan sobre la tierra y entre las que hemos dormido hoy.

Machame Camp

Machame Camp. M. San Felipe

Porteadores cargando las mochilas y enseres de los  turistas

Porteadores cargando las mochilas y enseres de los turistas. M. San Felipe

Empezamos la ascensión detrás de la garita en donde los porteadores pesan su carga antes de iniciar la marcha. Poco a poco los árboles se va quedando atrás para dejar paso a una zona de arbusto y matorral tropical; el sendero se estrecha, se empina y la aglomeración de gente es impresionante y agobiante. No dejo de sorprenderme por el peso que llevan los porteadores para nosotros. Me gustaría no pensar en eso, disfrutar más del camino, alegrarme porque a pesar del cielo plomizo no llueve, pero me es imposible. Sus espaldas llevan mi carga.

Aparece ante nosotros esa vegetación que tantas veces hemos visto en fotos y documentales sobre el Kilimajaro, esa flora que parece crecer en pocos lugares del mundo, e incluso sólo aquí. Poco podemos disfrutar de ella, pronto empieza a lloviznear y tenemos que ponernos las capas de agua y caminar mirando únicamente al frente y con la cabeza gacha, con poco margen para la contemplación.

Tramo de la Ruta Machame

Tramo de la Ruta Machame antes de llegar al Shira Camp. M. San Felipe

Vegetación propia del KIlimanjaro

Vegetación propia del KIlimanjaro. M. San Felipe

Cuervos

Cuervos. J. Crespo

El paisaje va cambiado, el verde vegetación va dando paso a la negrura de las rocas que en su día fueron lava escupida por el viejo volcán, como negros son los enormes cuervos que revolotean y graznan a nuestro lado, sobre todo en las inmediaciones del Shira Camp (3,800 m.), donde dormiremos. Se trata de una llanura pedregosa en donde las tiendas de campaña son tan numerosas como los arbustos que en esta zona crecen. Llegamos a mediodía, nos espera una tarde de aclimatación en el lugar con paseo sobre suelo pantanos a la garita donde pesan la carga y en donde de nuevo tenemos que registrarnos. A pesar de que la explanada llama más la atención por la aglomeración de gente que por su encanto natural, cuando el cielo se despeja vemos la sorpresa que nos guardaba: por un lado la imponente cima del Uhuru Peak, el Kiliimanjaro en su esplendor, por el otro nos saluda el monte Meru, impresionante tras las nubes.

Shira Camp

Shira Camp. M. San Felipe

Monte Meru desde el Shira Camp

Monte Meru desde el Shira Camp. M. San Felipe

Cima del Kilimanjaro desde el Shira Camp

Cima del Kilimanjaro desde el Shira Camp. M. San Felipe

Una vez asentados, con la comida en el estómago, e incluso hemos degustado parte del chorizo que trajimos envasado al vacío, y teniendo en cuenta que hemos sobrepasado los tres mil metros de altitud y que es importante beber mucho líquido, vuelven las preocupaciones de la noche anterior: ¿habrán llegado nuestros sacos? ¡No! Mathiko no deja de darnos respuestas evasivas, hasta que la noche llega y no le queda otra que reconocernos que volveremos a pasar una noche más si nuestros sacos, nos prestarán los suyos y, de nuevo, alguien dormirá sin el suyo. Mejor no pensarlo, disfrutemos de la charla con nuestro equipo de ascensión.

Nuestros cuerpos ya empiezan a notar la altura, tenemos más gases y no es nada agradable acudir a una letrina en la que casi siempre hay que hacer cola. La opción de buscar un lugar al aire libre no es sencilla por la aglomeración de gente en el campamento.

Tras un rato de lectura a la luz del frontal decido que es hora de dormir. Al rato me despierto sobresaltada. El estómago me da vueltas. La cabeza un poco también. Tengo el tiempo justo para abrir la cremallera de la puerta de atrás de la tienda, asomar la cabeza y, ¡voilá!, adiós a la comida del día. Sí, creo que esto es un síntoma de mal de altura. Vuelta al saco y, ¡hasta mañana!