Día 11. Karanga Camp (4,400 m.) – Uhuru Peak (5,895 m.) – Moshi. 31 de diciembre

La larga, intensa y emocionante jornada de hoy comienza a la una de la madrugada, algo más tarde de lo previsto. Parece que Mathiko ha preferido prolongar un poco más el descanso tras los húmedos imprevistos de la tarde-noche anterior. Alumbrados por nuestros frontales sacamos de las bolsas de plástico la ropa de abrigo seleccionada para hacer cima y guardada con sumo cuidado para evitar que nada la calara. No todos lo hemos conseguido, El Suricato ha tenido la mala suerte de encontrar parte de su ropa mojada y entre vestirse con prendas húmedas o secas decide coronar el Kilimanjaro con unos vaqueros a los que el agua no ha tocado, puestos sobre unas mallas térmicas y medio tapados por las polainas.

Preparando todo antes de empezar la última ascensión. Los vaqueros también sirven

Preparando todo antes de empezar la ascensión. M. San Felipe

Atrás dejamos el pedregosos campamento, volveremos a él para desayunar y recoger nuestras cosas. Junto con Susan, nosotros cuatro somos los únicos del grupo que hoy haremos cima, a los demás les queda por delante un día de aclimatación como marca el plan inicial, diseñado para hacer la ascensión en 6 días. Una vez listos comenzamos la marcha guiados por Mathiko y por la luz de los frontales; curiosamente ésta no hace falta, a pesar de ser noche cerrada la luna que nos acompaña permite seguir el sendero sin necesidad de alumbrarlo.

Pronto dejamos atrás a Susan y la altura empieza a notarse. De repente una extraña sensación de sueño empieza a invadirme. Cres no deja de recordarme que tengo que beber agua cada poco tiempo y ascender a pasos cortos. Lo hago, pero tengo sueño. Noto como mi respiración es más lenta de lo habitual y también que hablo más despacio. Bebo más, pero tengo sueño. Poco a poco nuestros ojos se hacen a la clara oscuridad, la nieve en el suelo ayuda, y veo cómo mis compañeros apagan sus frontales; pruebo a hacerlo yo también, se ve perfectamente pero noto que sin la luz de mi frente me entra más sueño, mucho sueño. Vuelvo a encender el frontal, él se ha convertido en mi aliado.

La luna observa como también se puede hacer cima en vaqueros

La luna observa cómo también se puede hacer cima en vaqueros. M. San Felipe

Bebo agua, muchas veces, de poco en poco y doy pasos cortos. Aparentemente no noto mejoría, sigo teniendo sueño y notando mi respiración lenta, aunque tampoco parece que los síntomas de la altura vayan a peor. Contemplo el paisaje, la noche empieza a clarear y todo a nuestro alrededor empieza a tomar forma. No puedo disfrutar de ello tanto como me gustaría, no quiero preocuparme, pero la altura me está afectando y aún queda un largo camino hasta la cima. Pasos cortos y tragos de agua de poco en poco. Compruebo que mis compañeros tampoco son inmunes a la altitud, sus ojos a medio abrir y sus conversaciones jadeantes dan muestra de ello, también a los guías la altura les afecta, de vez en cuando se les ve parar y agacharse a descansar en la oscuridad. Aunque sin duda yo soy la peor lo está llevando, me cuesta que el aire me llegue a los pulmones y eso me agobia un poco, pero nada que ver con lo que nos encontramos por el camino, escenas grotescas en las que los guías empujan a sus guiados en lamentables condiciones, con las caras muy pálidas y, en algunos casos, con aspecto de semiinconsciencia. Es entonces cuando me doy cuenta de que mi estado físico nada tiene que ver con lo que estoy viendo, que la altura me está afectando y la ascensión me está costando, pero sí puedo con ello.

El clarear de la noche se torna en amanecer. El crepúsculo de la mañana empieza a verse en el horizonte y comprobamos el mar de nubes que hay bajo nuestros pies. La ladera de negra roca y nieve por la que avanzamos se vuelve anaranjada. Impresionante estampa. Paramos, contemplamos, descansamos, nos fotografiamos e incluso lo grabamos.

Amanece en el Kilimajaro

Amanece en el Kilimajaro. M. San Felipe

Toca continuar. La sensación de sueño perdura pero ya no es tan molesta, con la luz del día ya no necesito la del frontal. Seguimos ascendiendo y el trayecto se hace pesado, el paisaje que nos descubre el amanecer acaba haciéndose monótono, ¿cuándo llegamos? Continuamos. Lo paso mal cuando alcanzamos el Stella Point (5,756 m.) y creo haber llegado a la cima y descubro que aún quedan poco más de 100 metros de desnivel para llegar. El sendero comienza a llanear y el paisaje cambia. Ahora el grupo parece más disgregado, voy la última  y sola admiro los glaciares que empiezan a mostrare ante mí; me maravillo ante las paredes de hielo de la cima de África. Pasito a paso sigo avanzando mientras incrédula contemplo la enorme cavidad que me encuentro, presumo será el antiguo cráter del volcán (supuestamente dormido).

Kibo, ¡he llegado! Kibo, ¡te hemos coronado!

Detalle del cartel de la cima

Detalle del cartel de la cima. M. San Felipe

Glaciares en la cima del Kilimajaro

Glaciares en la cima del Kilimajaro. M. San Felipe

Una sensación indescriptible me sobrecoge al alcanzar el cartel de la cima. Congratulations!, proclama. Allí me esperan Cres, el Tío Matt y El Suricato. Una emoción contenida y no identificada hasta es momento aparece en forma de lágrimas. ¡Hemos llegado! Son sobre las 7 de la mañana. Tras tantas horas pasadas bajo de lluvia, ropas, colchones y sacos de dormir mojados, estamos en el Uhuru Peak (5,895 m.), ¡y menudo sol hace! Un abrazo por aquí, otro por allá; una foto aquí, otra en el otro lado; una foto contigo, otra con el otro, ahora todos juntos… En esas estamos cuando nos damos cuenta de que hemos coincidido en la cima con un matrimonio español, nos invitan a turrón para celebrarlo y nosotros a un trago de vino de esa botella que Mathiko nos regaló a cambio de dormir dos noches sin sacos de invierno por una mala preparación de la expedición. Una pena, con mi estado de embriaguez a causa de la falta de oxígeno prefiero dejar el vino sudafricano para otro momento.

Empezamos el descenso. Es escalofriante pensar que es posible que esas grandes placas de hielo puedan desaparecen en pocos años. El cansancio de la subida no se nota en la bajada, el cuerpo está aclimatado y los rayos de sol animan la caminata. En las inmediaciones del Stella Point nos encontramos a Susan, la saludamos y nos despedimos, compañera de equipo durante 5 días, ya no volveremos a verla.

Por el día la arena volcánica se ha vuelto blanda, los más valientes descienden parte del camino medio corriendo, si te caes, no pasa nada. Yo bajo andando pero contenta, la altura ya no me hace mella. Casi sin darnos cuenta nos adentramos en el mar de nubes, parece que aquí hace más frío y empieza a lloviznar. Sobre las 9 estamos de vuelta en el campamento, hacemos una parada para desayunar, recoger las mochilas y despedirnos del resto del equipo, porteadores y compañeros. No tenemos tiempo que perder, ahora toca bajar toda la montaña que hemos subido en 4 días y empezamos el descenso inmersos en una ventisca. Es tiempo de iniciar una cuesta abajo de 4,000 m., hasta llegar a Mweka Village, a 1,800 m.

Las pedregosas y yermas laderas dan paso poco a poco a una escasa y pequeña vegetación que acaba convirtiéndose jungla tropical. Los bastones se convierten en nuestros mejores aliados en el descenso, en especial para algunos, cuyas rodillas empiezan a resentirse tras el esfuerzo de los días de atrás más el sobresfuerzo del descenso. Podemos percibir cómo la temperatura cambia a lo largo que avanzamos, a medida que la altitud es menor hace más calor. La humedad es tal que, en los kilómetros de bosque lluvioso, el sendero está escalonado a conciencia para evitar que el lodazal lo convierta en un tobogán natural.

Cada uno a su ritmo, el grupo se disgrega y de vez en cuando nos vamos encontrando y evaluamos nuestro estado físico. Todo bien, cansados pero contentos; aunque las rodillas de algunos empiezan a quejarse con más frecuencia. En una de estas reuniones fortuitas en un sendero embarrado y rodeados de exuberante vegetación, decidimos comprar los billetes de avión que nos llevarán a Dar Salam y desde allí tomare un barco a Zanzíbar, la idea de viajar en autobús se desvanece cuando Mathiko nos informa de que podemos perder 2 días. Llama a un amigo suyo y nos lo soluciona. ¡Hecho! Pasaremos la Nochevieja en Moshi, en Año Nuevo volaremos a la capital tanzana e intentaremos llegar a Stone Town en ferry esa misma tarde. Pero todo eso aún se torna lejano, todavía tenemos que atravesar extensos terrenos de jungla, un bosque extraño y maravilloso que se muestra cambiante a cada paso que damos y que parece albergar una cuesta abajo interminable por más que avanzamos.

Jungla en el descenso del Kilimanjaro

Jungla que ha de atravesarse en el descenso del Kilimanjaro. B. Frías

Pero la cuesta abajo llega a su fin. Esperamos a que recojan para llevarnos a Moshi sentados en el jardín de un pequeño complejo de viviendas del Paruqe Nacional conformado por casa casas bajas de madera blanca que se muestran confortables y acogedoras, en donde se nos permite ir a un cuarto de baño a lavarnos y refrescarnos. Suponemos que aquí es donde vive el guarda de esta parte del Parque y nos parece todo un lujo.

Volveremos a dormir en el hostel de la ONG española en donde nos alojamos la noche antes de empezar la ruta. Antes tenemos que ir a la agencia en donde contratamos los guías a recoger nuestro diploma y, lo más importante, nuestras mochilas, pues sólo nos llevamos la ropa necesaria para la ascensión. El trayecto en coche hace darnos cuenta del cansancio, a la vez que empezamos a sentir realmente el cambio térmico y, a pesar, de la manga corta, unos pantalones de montaña de invierno no son muy cómodos a temperatura que supera los 20 grados. Pero la aventura aún no ha terminado. Nuestras mochilas no están en el local de la agencia y nos toca esperar sentados en la acera de en frente del local a que nos las traigan mientras empieza a hacerse de noche. Empezamos a impacientarnos, las mochilas nunca llegan. A Mathiko y sus compañeros parece incomodarlos que nos estemos allí cuando se haga completamente de noche, pero nuestras mochilas no aparecen, y a nosotros es esto lo que nos incomoda.

Nerviosos unos y otros, Mathiko nos hace montar en un coche que nos saca de la ciudad, dice que nos lleva a la casa de su jefe a por las mochilas, no entendemos nada, pero allá vamos. Efectivamente, atravesamos una Moshi únicamente alumbrada por los faros de los coches y que acabamos dejando atrás para adentrarnos en una zona boscosa siguiendo un camino. Desconfiamos. El paseo acaba en una especie de barriada de casas acomodadas de dudoso gusto, cubiertas de baldosines y tapiadas con altas vallas de hormigón rematadas con cristales rotos para salvaguardarlas. Entramos en la casa en la que retruena el volumen alto de la tele, el adolescente que la está viendo contesta a Mathiko señalando una puerta y le da unas llaves. Mathiko nos pide que le sigamos, abre la puerta y, ¡tachán!, en el que parece el dormitorio principal de la casa hay junto a la cama un montón de mochilas y maletas. Allí, cerradas bajo llave se encuentran las pertenencias de los clientes del dueño de la casa, como si fueran uno de sus bienes más preciados. Agradecidos y decepcionados con nosotros mismos por la desconfianza que hemos llegado a sentir llegamos al hostel para celebrar en la terraza nuestra hazaña y la Nochevieja con unas latas de cerveza y unas uvas envasadas traídas de España.

Chin-chín, ¡bienvenido 2013!

Día 10. Barranco Camp (3,976 m.)-Karanga Camp (4,400 m.). 30 de diciembre

No son ni las 7 de la mañana y todo el mundo está en pie. Nos despierta Mathiko porque lo que la lluvia no dejó hacer por la noche hay que hacerlo esta mañana: secar las botas al calor de los infernillos. Sí, y también quemarlas. Mis Chirucas, aún vivas a día de hoy, guardan la cicatrizen forma de tela arrugada que les dejó la pequeña  llama de gas en un intento de secar su interior y también mis lamentos. Peor parado salió el material de algún compañero, también quemado y poco servible una vez terminada esta aventura.

A pesar del madrugón, el despertar en Barranco Camp es un regalo. Las nubes están bajas, parece que pudiéramos tocarlas pero sin la sensación de invisibilidad que deja la niebla, más bien al contrario. Se mueven rápidas y de vez en cuando nos dejan de regalo la postal del pico Uhuru, la cima del Kilimanjaro que nos mira imponente desde la cada vez más cercana lejanía.

No hay tiempo que perder, a pesar de la humedad no llueve, así que cualquier lugar en donde colgar nuestra ropa es un buen sitio para intentar que se seque, o al menos que se oree. La propia lona de la tienda, los vientos o los bastones clavados al suelo se tornan como tendederos estupendos en donde dejar los chubasqueros, las polainas o unos pantalones.

Uhuru Peak desde la tienda

Uhuru Peak desde la tienda

Campamento tendedero

Cualquier lugar es bueno para tender. Barranco Camp

Tomada la decisión de hacer la ascensión y descenso en 5 días, hoy es nuestra última jornada antes de hacer cima. Sabemos que serán dos días duros, a la climatología y al cansancio acumulado se suma que hoy y mañana a penas se diferenciarán, nuestra noche será corta, partiremos hacia lo más alto poco después de la medianoche. Pero para llegar a eso aún tenemos que empezar la marcha que se inicia con el que quizá sea uno de los tramos más complicados de la ruta, sobre todo si se tiene vértigo, pues se trata de una pared rocosa prácticamente vertical que hay que subir ayudándose de pies y manos. En realidad, la dificultad de este trozo se agudiza porque hay que hacerlo al mismo tiempo que otras muchas personas puesto que es la salida del campamento y todos partimos prácticamente a la vez, lo cual se convierte en una auténtica locura.

Como era de esperar, la lluvia aparece pronto y es nuestra fiel compañera durante gran parte del trayecto. Caminamos por campos de negra roca y encontramos tramos de escarpadas paredes de donde parece brotar agua que aprovechamos para llenar cantimploras y beberla tras potabilizarla. La lluvia se hace tan intensa a lo largo del recorrido que los guías deciden montar un campamento provisional en medio del camino para que podamos parar a coger fuerzas. En una explanada en medio de la nada surgen de repente tiendas de colores como si de setas se trataran. Con la que está cayendo no apetece demasiado parar, pero comer y descansar bajo techo se acaba agradeciendo.

Llegamos a Karanga Camp los primeros de nuestro grupo y acompañados de una densa niebla. Con el contratiempo del campamento provisional hemos adelantado a los porteadores, por lo que tenemos que esperar a que lleguen para poder montar nuestra tienda y resguardarnos en ella. Hace viento y frío, pero nos salvaguardamos bien pegados a la pared de las casetas de los rangers, sentados en unos bancos de madera contemplando un sinfín de hitos de piedras que dejaron como huella de su paso otros muchos que antes estuvieron aquí. Mientras esperamos nos preguntamos en dónde colocarán las tiendas pues parecemos encontrarnos en una pedregosa loma sin demasiadas opciones de acampada. La tarde va cayendo sobre el campamento y las sombras que dejan la niebla y la oscura piedra dan al ocaso una luz grisácea, extraña pero hermosa.

Karanga Camp

Cae la noche en Karanga Camp

Una vez que llegan los porteadores, el panorama es más desolador de lo que habíamos imaginado tras haber tenido que montar la tienda en medio del diluvio. Nuestra “ropa de cama”, sacos de dormir y colchones, están completamente mojados, incluso la ropa prevista usar en la ascensión de algunos de nuestros compañeros. La esperanza de poder dormir algunas horas antes de partir hacia la cima, o al menos esperar tumbados, con las piernas estiradas, relajados y secos se torna todo un lujo. Al menos las tiendas sí pueden montarse, así que mientras que los infernillos y la fe de nuestros guías van secando algunos de los materiales, nos vamos apañando con lo que podemos para hacer un intento de descanso antes del gran día. A falta de colchonetas y sacos de dormir secos, nos sirven infusiones y caldos cada poco tiempo para calentarnos mientras que uno de nuestros abrigos hace las veces de esterilla y el otro de manta, mientras permanecemos acurrucados para darnos calor e intentar descansar. Finalmente acaban dándonos dos sacos prácticamente secos y una esterilla. Con ellos pasamos el rato de noche que nos faltaba para empezar el ascenso, mientras la lona de la tienda se torna blanquecina y brillante. Está congelada.